Declaro inaugurado el verano

 

Te acercaste a la barra y me pediste un helado.

Sentí cómo tu boca se llenaba de saliva sólo de pronunciar la palabra. Te pregunté de qué sabor, pero te daba igual. Lo único que te importaba era la textura, el frío viscoso deshaciéndose sin prisa en tu lengua.

En cuanto te lo puse en las manos empezaste a lamerlo con la meticulosidad que da el deseo, muy lentamente, dejándolo casi a punto de derretirse para luego recoger las gotas que se iban formando. Trabajabas sin descanso amasando con la boca una especie de volcán, como si desconocieras la existencia de las cucharas. De vez en cuando pasabas un dedo alrededor del borde, restañando los restos pegajosos y succionándolo luego con fruición, despacio pero furiosamente, como para que nada se escapara.

Te fuiste y aún te seguía mirando. La cara llena de restos de chocolate y fresa, como cuando eras niña, dijiste.

Ahora miro las heladerías y sudo.

 

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Lagarto

Me trataron de tonta los lagartos,
tumbados al sol me susurraban
que a sangre fría se vive mejor,
buscando luz, ardiendo en cada esquina,
adoleciendo lánguidos y ahítos.

Me trataron de tonta y no sabían
que ya había intentado congelarme,
sumergirme en hielo desnuda
y entera clavarme de agujas heladas.

Pero mi sangre sigue siendo espesa y llama,
brasa sin final que todo cauteriza,
incandescente rubor bajo las mejillas,
río de lava interminable.

Y no envidio ya
– si alguna vez lo hice-
esos ojos vidriosos de mirada apática
que esperan con resignación un rayito que los despierte
y levante trabajoso sus multitudes de párpados.

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Amamantar a la bestia

Todo fue una inesperada consecuencia de la lluvia.

Inundó sin avisar los rincones que se suponían inmutables,
llenó de humedades siglos de polvo
y desterró para siempre la arena de su escondite.

Las gotas se turnaban para amamantar a la bestia
creando llagas irrecuperables al hastío,
ahogando llamas en desvaríos insomnes,
caducos infiernos con olor a diosas muertas.


Ilustración de Manuel Marsol

 

Prender

Güei tráeme recuerdu a esgaya,
mil semeyes repetíes,
toes la mesma alcordanza.

Golor a fumu y madera,
a yerba prendiendo lenta,
a borrón y cuenta nueva,
a mil histories contaes
a la vera la fogata.

Ya les xanes alloriaes
por colase na folixa
dende la fonte enramada.

Frases sueltas

Creía en la literatura: es decir, no creía en el arribismo, ni en el oportunismo, ni en los murmullos cortesanos. Sí en los gestos inútiles, sí en el destino.
Aún no tenía hijos. Aún leía más poesía que prosa.
Roberto Bolaño. Prólogo a Amberes.

Bolaño me susurra al oído
sólo sobreviven los inventores
y trato de inventar,
de verdad lo intento.

Una vida nueva detrás de las cortinas,
romper la pantalla,
crear mundos inapelables
y construirme otras puertas.

Él me mira de lado,
con el cigarro inmóvil en la boca
y tal vez sonría por dentro,
inalienable escritor de frases sueltas.

Desamor Propio

Ya nunca quedo conmigo,
ni voy a echarme unas cañas,
ni bailo conmigo misma,
ni me cuento por las noches
mis ideas más idílicas.

Ya pocas veces me llamo
y casi nunca me escribo
notitas de ánimo tontas,
que dejarme en las esquinas.

Ni me acuerdo ya de cuándo
fui conmigo misma al cine
y al salir me fui a cenar
y me reí sin motivo
y canté por las aceras
desafinando al destino.

No le sonrío al espejo
ni me doy los buenos días,
ya no me canto en la ducha
ni me enjabono con mimo.

Ni me hago el desayuno,
ni me lo llevo a la cama,
que ya ni remoloneo
para salir de la sábana.

Ya nunca me llamo guapa,
ni me hago guiños traviesos,
ni me visto para mí.
(Y de sexo ya ni hablemos.)

Hoy tuve por fin “la charla”,
soy yo misma, aquí no hay otra,
es sólo que necesito
tiempo de echarme de menos,
ganas de darme mimos
y más “te quieros” bajitos
que decir cuando estoy sola.

Ilustración: Daria Nokso